Por Rita Fonseca Pinto
El rechazo infantil al agua no siempre es desobediencia. Un nuevo recurso sobre educación acuática propone comprender qué hay detrás de esa negativa y priorizar la seguridad emocional, la autonomía y la exposición gradual.
«No quiero ir a la piscina». Para algunas familias, esta frase puede convertirse en una fuente de conflictos. Convencer, insistir, negociar o incluso exigir que el niño entre en el agua suelen aparecer como respuestas habituales. Sin embargo, antes de intentar vencer la negativa, puede ser más útil preguntarse qué hay detrás de ella.
Un nuevo recurso especializado en educación acuática plantea precisamente este cambio de perspectiva. Su propuesta parte de una idea sencilla: el rechazo del niño es información. Puede indicar miedo, inseguridad, vergüenza, dificultad para afrontar una determinada tarea o necesidad de mantener el control sobre una situación que percibe como amenazante.
El objetivo es ofrecer a educadores acuáticos, familias y otros profesionales herramientas para interpretar estas conductas y acompañar al menor desde una perspectiva pedagógica y emocionalmente respetuosa.
¿Qué hay detrás del «no quiero»?
La negativa a acudir a la piscina puede tener diferentes causas. Algunos niños tienen miedo al agua; otros temen separarse de sus padres, anticipan que una actividad será demasiado difícil o sienten vergüenza al realizar determinados ejercicios delante de sus compañeros.
Además, evitar aquello que genera miedo produce un alivio inmediato. Esa sensación puede hacer que el niño vuelva a recurrir a la evitación en situaciones posteriores.
Por ello, el recurso plantea que no conviene interpretar automáticamente el rechazo como pereza, capricho o desobediencia. Comprender qué función cumple la conducta permite adaptar mejor la intervención.
El miedo tampoco siempre se expresa diciendo «tengo miedo». Puede manifestarse mediante llanto, rigidez corporal, quejas físicas, resistencia a entrar en el agua, una dependencia repentina del adulto o rechazo de ejercicios concretos, como mojarse la cara o separarse del borde.
Reconocer estas señales es especialmente importante porque una conducta que parece desafiante puede estar relacionada, en realidad, con miedo o desregulación emocional.
La piscina empieza antes del agua
La experiencia del niño no comienza cuando sus pies entran en el vaso. Los vestuarios, las duchas, los pasillos, el ruido, los tiempos de espera, el momento de cambiarse o incluso la interacción con otros niños y adultos pueden influir en cómo vive la actividad.
Por eso, una de las propuestas consiste en observar todo el recorrido hasta llegar al agua y detectar qué elementos pueden estar generando inseguridad.
Pequeños cambios pueden facilitar la adaptación: convertir algunos momentos previos en juegos, trabajar en grupos reducidos, utilizar materiales que proporcionen seguridad o comenzar las actividades en zonas poco profundas. En algunos casos, incluso puede ser conveniente realizar inicialmente propuestas fuera del agua.
Primero, seguridad; después, habilidades
Una de las ideas centrales del recurso es que la seguridad emocional debe preceder al progreso técnico. Cuando un niño está angustiado, presionarlo, avergonzarlo o forzarlo puede conseguir que realice una determinada acción en ese momento, pero también puede afectar negativamente a su relación posterior con la piscina y con el aprendizaje.
Fomentar la autonomía es otra de las claves. Ofrecer pequeñas elecciones —qué material utilizar, a qué juego jugar o en qué orden realizar algunas actividades— puede aumentar la sensación de control del niño.
El juego y la interacción con compañeros también pueden contribuir a generar confianza y reforzar la percepción de competencia. Esto no significa permitir una evitación permanente. La alternativa que propone el recurso se encuentra entre ambos extremos: ni obligar bruscamente ni abandonar el proceso, sino mantener el vínculo con la actividad adaptando temporalmente las exigencias.
Una clase de natación, por tanto, no tiene por qué significar que el niño deba realizar todas las habilidades previstas. En una sesión concreta, el objetivo puede ser simplemente observar, jugar cerca del agua, mojarse las manos o entrar en una zona poco profunda.
Avanzar paso a paso
La exposición gradual permite acercarse progresivamente a aquello que genera inseguridad. El proceso puede comenzar con la llegada a la instalación y continuar permaneciendo junto al borde, tocando el agua, mojando los pies, jugando con objetos, bajando por la escalera y desplazándose por una zona poco profunda.
Cuando el niño esté preparado, pueden incorporarse nuevas experiencias: salpicar voluntariamente, soplar sobre el agua, mojar progresivamente la cara o realizar una inmersión.
La clave está en respetar el ritmo del menor. Ante señales claras de angustia, la actividad puede detenerse y retomarse cuando vuelva a sentirse seguro. El objetivo no es completar una lista de habilidades a cualquier precio, sino construir progresivamente tolerancia, confianza y autonomía.
El papel de la familia
La familia también puede contribuir al proceso. Conocer las experiencias acuáticas anteriores, compartir información con los educadores y prestar atención a cómo se habla del agua en casa son aspectos relevantes.
Los mensajes excesivamente centrados en el peligro pueden aumentar la percepción de amenaza, mientras que una comunicación basada en la seguridad y la autonomía puede favorecer una relación más positiva con el medio acuático.
En definitiva, cuando un niño dice que no quiere ir a la piscina o rechaza una habilidad concreta, como una inmersión, su negativa puede entenderse como una señal que merece ser interpretada.
El objetivo no debería ser conseguir que entre en el agua a cualquier precio ese mismo día, sino crear las condiciones para que pueda construir, paso a paso, una relación segura, autónoma y positiva con el medio acuático.
Puedes acceder y descargar gratuitamente el nuevo recurso en español, portugués e inglés «Cuando no quiere venir a la piscina. Comprender y acompañar el rechazo» en los Recursos pedagógicos de AIDEA.
Escrito por: Rita Fonseca Pinto
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